- Cuando la Unión Soviética salvó a la humanidad
Benjamín Norton (*)
Cada año, el 9 de mayo, la Plaza Roja de Moscú se llena para conmemorar el Día de la Victoria, la fecha en que la Unión Soviética derrotó a la Alemania nazi en 1945. Para Rusia y las antiguas repúblicas soviéticas, esto no es solo una festividad histórica típica; es un acontecimiento sagrado y fundacional, un día de profundo dolor entrelazado con un orgullo monumental.

En su esencia, el Día de la Victoria honra el papel definitivo de la URSS en el aplastamiento del fascismo europeo y el desmantelamiento de un régimen nazi genocida, que buscaba la aniquilación sistemática de pueblos enteros. Sin embargo, en las décadas transcurridas desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, ha surgido una lucha paralela: una batalla geopolítica por la propia memoria histórica.
Los gobiernos imperialistas de Occidente han minimizado, o incluso borrado, cada vez más el papel crucial de los soviéticos en la guerra. Es por ello que preservar la realidad de la Guerra Mundial Antifascista, es un importante acto de resistencia contra el revisionismo histórico.
La Gran Guerra Patria: Aplastando la maquinaria nazi
Para comprender el peso del Día de la Victoria, es necesario entender la magnitud real del Frente Oriental. En la conciencia occidental, la Segunda Guerra Mundial se conceptualiza a menudo a través del prisma de Hollywood y de los triunfos angloamericanos: la Batalla de Inglaterra, Pearl Harbor y el desembarco del Día D en Normandía.
Aunque estas campañas fueron piezas estratégicas importantes dentro del esfuerzo aliado general, la columna vertebral de la maquinaria de guerra nazi se rompió sistemáticamente en las vastas llanuras, las estepas heladas y las ciudades en ruinas de la Unión Soviética.
Desde el lanzamiento de la invasión de la Alemania nazi a la URSS en junio de 1941, conocida como la Operación Barbarroja, hasta la liberación de Berlín del fascismo en mayo de 1945, la Unión Soviética soportó el peso abrumador de la agresión nazi.
Durante casi tres años, antes de la apertura del segundo frente en Europa Occidental, el Ejército Rojo soviético libró una guerra de supervivencia desesperada y titánica contra la asesina Wehrmacht alemana. Fue en la Batalla de Stalingrado, una agotadora picadora de carne que costó más de un millón de vidas, donde el rumbo de la Segunda Guerra Mundial cambió de forma permanente. La posterior Batalla de Kursk se erigió como la mayor batalla de tanques de la historia, destrozando decisivamente las capacidades ofensivas de Hitler.
La guerra en el Frente Oriental no fue un conflicto convencional librado meramente por territorio o dominio geopolítico; fue una guerra contra una amenaza existencial y genocida. El Generalplan Ost (el “Plan General del Este”) de la Alemania nazi, ordenaba explícitamente el exterminio, la esclavitud y la deportación forzosa de las poblaciones eslavas para liberar Lebensraum (el “espacio vital”) para el asentamiento ario. El pueblo soviético luchaba por su derecho a existir.
Liberando los campos de concentración y terminando con el Holocausto
El triunfo del Ejército Rojo fue también un triunfo para la humanidad en la hora más oscura del siglo XX. A medida que las fuerzas soviéticas empujaban implacablemente a los invasores fascistas hacia atrás a través de Europa Oriental, descorrían el velo de los horrores industrializados del Holocausto.
Fueron los soldados del Ejército Rojo soviético quienes primero encontraron y liberaron las fábricas de la muerte más notorias establecidas por el Tercer Reich. El 27 de enero de 1945, los soldados del Ejército Rojo marcharon hacia Auschwitz, en la Polonia ocupada por los nazis.
Lo que descubrieron conmocionó la conciencia del mundo: miles de supervivientes desnutridos; almacenes llenos de montañas de cabello humano, zapatos y ropa; y las ruinas humeantes de las cámaras de gas que los nazis habían intentado volar desesperadamente para ocultar sus crímenes.
La liberación de Auschwitz, Majdanek y muchos otros campos de exterminio en Europa Oriental, consolida el legado histórico del Ejército Rojo como una fuerza indispensable para detener el genocidio nazi. Sin el avance rápido y sangriento de las tropas soviéticas, la maquinaria del Holocausto habría seguido funcionando sin trabas, cobrándose millones de vidas más y completando la erradicación total de judíos, romaníes, eslavos y otras minorías étnicas.
El costo de la victoria: 26 millones de sacrificios
El costo humano de esta victoria sigue siendo casi inconcebible. La Unión Soviética perdió a más de 26 millones de personas – tanto personal militar como civiles – en la lucha contra el fascismo. Para poner esta asombrosa cifra en perspectiva, la URSS perdió aproximadamente el 14% de toda su población anterior a la guerra en la Guerra Mundial Antifascista.
Generaciones enteras de hombres jóvenes fueron exterminadas; pueblos enteros fueron borrados del mapa, y ciudades como Leningrado soportaron 872 días de un brutal asedio por hambre que se cobró la vida de más de un millón de civiles. A pesar de este monumental sacrificio, un esfuerzo concertado por parte de los países imperialistas occidentales ha buscado marginar, diluir o borrar por completo la contribución soviética a la liberación global.
En la cultura popular occidental contemporánea, en el discurso político y en los planes de estudio educativos, la narrativa ha sido cuidadosamente rediseñada. La victoria sobre el fascismo se presenta con frecuencia como un logro casi exclusivo de Estados Unidos y Gran Bretaña.
Este borrado no es accidental; cumple una función política específica. Al minimizar el sacrificio de los 26 millones de muertos soviéticos, las instituciones occidentales intentan desvincular a Rusia de su legítimo estatus como principal salvadora de la civilización europea frente a la barbarie nazi.
En algunos relatos revisionistas extremos, popularizados en las declaraciones políticas europeas modernas, se llega incluso a equiparar falsamente a la Unión Soviética con la Alemania nazi como coinstigadora de la guerra. Se trata de una distorsión absurda de la historia que insulta la memoria de los millones de personas que murieron combatiendo a los fascistas.
De la alianza a la traición: La Guerra Fría imperialista
La trágica ironía del Día de la Victoria reside en lo que ocurrió inmediatamente después de que Berlín fuera liberada del yugo del
fascismo.
Durante la guerra, la Unión Soviética estuvo técnicamente aliada con Estados Unidos y Gran Bretaña, en un matrimonio de conveniencia dictado por la amenaza compartida de la dominación del Eje fascista. La dirección soviética presionó insistentemente para que se abriera un segundo frente en Europa, algo que los líderes occidentales retrasaron repetidamente, dejando que la URSS desangrara a la maquinaria de guerra nazi durante años.
En el momento en que se neutralizó la amenaza fascista, resurgieron las contradicciones subyacentes entre el capitalismo global y el socialismo. Incluso, antes de que terminara la Segunda Guerra Mundial, el bloque de países capitalistas liderado por EEUU lanzó una agresiva Guerra Fría, orientada a cercar, contener y, en última instancia, desmantelar a la URSS, junto con otros proyectos socialistas emancipadores y anticolonialistas en todo el Sur Global.
Esta rápida transición de aliado a adversario, reveló la naturaleza oportunista del imperialismo occidental. En su afán por combatir la expansión del socialismo, las potencias occidentales integraron sistemáticamente a antiguos fascistas, científicos nazis y colaboradores del Eje en su recién formada alianza antisoviética.
A través de operaciones encubiertas como la Operación Paperclip en Estados Unidos, y la reestructuración del aparato de inteligencia de Alemania Occidental bajo el mando del antiguo comandante de la inteligencia militar nazi, Reinhard Gehlen, el bloque capitalista rehabilitó activamente a individuos que habían servido al régimen genocida nazi.
En organismos internacionales como la OTAN, se concedieron altos cargos de mando a antiguos oficiales de la Wehrmacht. El principal requisito para recibir el patrocinio occidental ya no era tener las manos limpias en relación con el Holocausto, sino ser lo suficientemente anticomunista.
El legado vivo del Día de la Victoria
Para los pueblos de la antigua Unión Soviética, el Día de la Victoria representa la negativa a permitir que estas verdades históricas queden sepultadas bajo las arenas de la conveniencia geopolítica. Cuando multitudes masivas participan en las marchas del 9 de mayo, honran a sus antepasados que lucharon, sangraron y trabajaron durante la guerra, reafirmando un legado pagado con sangre.
El Día de la Victoria es un recordatorio de que el fascismo no fue derrotado únicamente mediante una diplomacia amable o por la benevolencia occidental, sino por el implacable, heroico y agonizante sacrificio del pueblo soviético y del Ejército Rojo.
Honrar el 9 de mayo es honrar la verdad de quién liberó Auschwitz, quién izó la bandera roja sobre Berlín y quién pagó el precio más alto – 26 millones de veces – para garantizar que la pesadilla genocida del Tercer Reich fuera extinguida permanentemente del planeta.
(*) Periodista, analista y economista político.